25.7.05

ENRIQUE

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No hay cosa que me ponga más loco que no tener Coca-Cola en la heladera. Es que cuando tengo sed lo que más me gusta es percibir en la boca la sensación gaseosa y dulce. Es decir: ni líquido ni frío, gaseoso y dulce.
El lunes llegué a casa muerto de sed, abrí el refrigerador (nevera, fridge) y adentro no había una gota de nada parecido a la Coca. Así que me puse nuevamente el abrigo que ya me había sacado, dispuesto a salir y comprar mi Coca.
Fue en ese momento (siempre es en ese momento) en que el teléfono empezó a sonar. Hice un rápido recorrido de las llamadas que podría tener pendiente, pero no recordaba a nadie que debiera llamar.
-¿Alejandro?
- Sí.
- Soy Enrique.
Era indudable que era el Enrique que más temía que me llamara: el padre de Caro. Decidí sacarme nuevamente el abrigo, mientras me tiraba en el sillón. ¿Y qué podrá querer ahora de mí este viejo de mierda, que no sólo se llevó a mi hijo lejos, sino que tiene enturbiada mi vida desde que me despreciara por "no ser el hombre que él ambicionara para su hija"? A veces pienso que lo que hay más despreciable en mí es que no sea aún más despreciable con los que detesto. Fue por eso que no corté, y en cambio dije:
- Hola. ¿Cómo te va?
- No bien. Me gustaría mucho charlar largo y tendido con vos.
-Ah, sí… pero es que yo no soy más el novio de tu hija, y creo que las charlas desde tu casa deben ser algo caras.
- Imagino que estarás tal vez furioso con nosotros, pero quiero que te des la oportunidad de poder charlar conmigo.
Recordé las faltas de oportunidades que me dieron todos en esa familia, Carolina incluida. Pero tuve un minuto de reflexión y me dije a mí mismo ¿qué carajo querrán ahora estos tres cínicos (incluí, por supuesto, a la bruja de la madre/esposa).

Para los que no conocen en qué lío estoy, les hago una ligera síntesis. Carolina fue mi novia un tiempo, convivimos juntos en mi casa, y yo pensé que todo estaba ok, pero ella se enamoró de otro, y se fue finalmente detrás de él. Por entonces no sabía que había quedado embarazada (de mí). Cuando se dio cuenta, le confesó todo a su nueva pareja, que aceptó seguir con ella y reconocer a su (mi) hijo. Los padres de Caro (que nunca aceptaron nuestra relación) se radicaron en España, adonde se llevaron a su hija y su (nueva) pareja y a su (mi) hijo.

Dado que no quiso volver ni a hablar conmigo, nos desconectamos. Su novio no se adaptó a España y se volvió a Buenos Aires, abandonándola (es la única versión con que cuento).
-¿Te puedo hacer una pregunta muy íntima? balbuceó un Enrique sorprendentemente torpe- mirá: me la contestás si querés…
(y claro que te la voy a contestar si quiero, viejo pelotudo)
-¿Todavía querés a Caro?
¡Pero viejo hipócrita! Hizo todo lo que pudo para separarnos, y ahora se viene con esta pregunta de teleteatro de cuarta. ¿Qué querrá decir: que tengo alternativa de volver con ella, de poder ver nacer, conocer, criar y disfrutar de mi hijo? ¿En España? ¿Qué hago? ¿Le digo lo que pienso? (en realidad no se ya qué pienso).
-Mirá, Enrique, tengo muchas ganas de…
-Ya se, ya se… yo creo que no tengo derecho a seguir metiéndome en tu vida y que esta no es una charla para resolver por teléfono. ¿Por qué no te venís? Te mando el pasaje…
¡Pero que situación más ridícula! Odio las manipulaciones, y además soy muy sensible a los manejos de los que son capaces cierta gente sólo por que manejan el dinero suficiente para poder hacerlo.
Sentía que quería hablar, pero creo que no sabía qué decir. Mejor dicho, esto es lo que creo que dije:
-No quiero ir –ahora sentía que la cabeza me latía-.
-Está bien: no te preocupes. Pensalo, que yo te vuelvo a llamar. ¿Querés hablar con Caro?
-¿Está ahí? ¡Pero si es ella la que no quiere hablar conmigo!
-Sí. Está aquí.
El silencio que hice fue una manera de frenar lágrimas, pensar en que debería haber una solución correcta, y pensar que hiciera lo que hiciera debiera parecerse a esa solución. Y encima, sin equivocarme demasiado. Pero lo único que me taladraba el cerebro era la idea de que me había transformado en un títere.
-Enrique: vos hacés todo esto porque tenés guita. Y por eso no me aceptaste, y por algo parecido te habrás ido con tu hija y mi hijo a esconderte en España. Y con la guita manejás todo: la vida de tu familia y ahora querés hacer lo mismo con mi vida.
-Por favor: no grites, calmate…
Gritaba. Y mi frente era un volcán.
-Pensá que si aceptás venir, aunque sea un par de días, me vas a poder decir esto y todo lo que quieras en la cara, no creas que quiero evitarlo, te oigo. Y también vas a poder hablar con Caro…
Corté. Me tiré en la cama y lloré con tanta rabia como cuando Augusto, el hijo del portero me dio aquella trompada cuando tenía siete años.
Bah, no lloré tanto, pero la sensación de vacío que me quedó luego fue muy dura.
¿Qué quiere esta gente? Saben que no es pavada todo lo que siento: voy a ser padre y ellos tienen en sus manos el manejo de toda la situación: la madre, el nacimiento, y la puta distancia que me separa de todo eso.
Voy a cortar ahora esta transmisión, y les dejo una reflexión filosófica tan profunda como inútil y sincera: la puta madre que los parió.
En Buenos Aires, a los 25 días del mes de julio de 2005.