28.4.05

NOTICIAS DE LA SEMANA

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Fue muy interesante mi experiencia con Tía María. Se vino a casa “a ver qué es eso del weblog” y se divirtió mucho. Me dijo que yo exagero con lo de Las Violetas, y me invitó a tomar el té.
Así que el miércoles pasado nos encontramos en la confitería. Fue toda una clase de subjetividad, porque allí donde yo veía señoras viejísimas, súper producidas y ostentando bijouterie berreta y maquillaje exagerado ella veía “señoras elegantes”. Donde yo interpretaba “exceso de alambicamiento en las costumbres” ella veía “buen gusto a la hora de tomar el té”. Las Violetas es un lugar con muy lindos vitreaux (¿cómo se escribirá el plural de vitraux? o ¿cómo se dirá en español?) que debe haber conocido mejores épocas: en donde la gente -toda la clase media acomodada de los alrededores- usaba ciertas costumbres para todo, sobre todo para reunirse a beber té acompañados. Hoy es un lugar ruidosísimo. Los concurrentes hablan a los gritos y gesticulando muchísimo ¡todos parecen tener razón, o querer tenerla a la vez!
Allí cambiamos opiniones sobre el reportaje publicado, y cuando le pregunté si algo no le había gustado, me reconoció que no mucho lo de Tía María, porque lleva a pensar que es alcohólica. Es que ella considera que consumir alcohol está mal. No consumirlo, pero si apreciar sobre su consumo. Pero igual se mató de risa y me pidió que no le hiciera caso, que por ahí son ideas tan antiguas como las de tomar el té en una confitería que atrasa dos siglos.
Tía llamó al mozo y le pidió la cuenta. Sonó mi celular. Era Carolina. La mujer que el mes pasado decidió abandonarme y no me dio más explicaciones, había vuelto a comunicarse conmigo en esa situación: yo en medio de una confitería.
Claro que tenía ganas de decirle todo lo que no había sido posible por su desaparición abrupta, arbitraria y unilateralmente decidida. Que tenía miedo que cortara. Que me sentía re-incómodo por la situación creada, con la tía escuchándome, y el mozo, y el resto de la gente alrededor. Con ganas de enojarme y gritarle de todo, pero también de pedirle que nos viéramos. La sensación de sentirme tonto, manejado como un títere, de ser un idiota que -sencillamente- se había enamorado de una chica linda.
Todo eso pasó en aquellos cinco segundos por mi cabeza febril. Así que no dije más que algo así como “Hola, Caro”. Y a continuación me dio una rabia total. Había pasado un mes desde su silencio total, en el que al principio se negaba a atenderme, y en el que después por orgullo dejé de insistir. Mi analista me estaba convenciendo de abandonar mi “manía” de concentrar mis sentimientos en Caro.
Ahora estaba ahí, dentro de mi Siemens, quién sabe con qué intenciones.
- Estoy muy asustada -dijo- creo que estoy embarazada.
Tía María revolvía en su monedero, tratando de ubicar alguna moneda para la propina, mientras juntaba todo lo que antes había dejado apoyado en una de las sillas: su saco, su cartera, una bolsa con compras. Me miró como diciendo ¿justo ahora que nos vamos te ponés a hablar por teléfono?
- ¿Querés que nos encontremos? -le dije a Caro, queriendo decir exactamente lo contrario.
- Creo que sí- dijo.
Así que arreglé para vernos esa noche y corté. Transpiraba. La tía se dio cuenta de una manera contundente que no nos íbamos.
- ¿Pasa algo malo? Estás pálido. ¿Querés que nos tomemos un licorcito?