30.3.05

DOCTORA CASTRO

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Hace un tiempo les conté mi historia con Carolina, ustedes fueron testigos secundarios de una relación muy linda que... duró más bien poco. Un día se fue, poco supe de por qué, y “THE END”...
Creía que eso estaba superado. Mejor dicho: ansiaba que estuviera superado. Me fui a Gesell con unos amigos y así comencé a sentirme lejos de ella, tal vez como “debía ser”.
Pero cuando volví a Buenos Aires sentí el vacío de la casa sin ella. Así fue como el dolor se reavivó. No podía estar solo en casa, así que me fuí para lo de la vieja. Como siempre, ella no estaba porque aquella era la semana en que debía asistir a su curso de Reiki.
La esperé mientras veía una sitcom en Sony. Marita entró cantando y se sorprendió de mi presencia. Por supuesto, ya sabía lo de mi separación, pero no preguntó nada al respecto. Dijo, en cambio:
- ¿Cómo andás? Te estaba extrañando... ¿Te pasa algo?
- Sabés lo de Carolina.
- Lo siento: pero...
- Sí, ya se: me vas a decir algo que oscila entre “esa chica no me gustaba” o “esa chica no te convenía” ¿cuál elegís?
Mamá me miró como para taladrarme los ojos, la nariz y la boca. Así comenzó un diálogo algo pesado y monótono, en el cual Marita demostró que la sabía lunga de la vida, y que la chica que me corresponde va a ser aquella que más que seducirme a mí deba encantarle a ella.
Dicho lo cual recién ahí le importó “cómo había quedado yo”. Le dije que estaba más aplastado que una banana en un licuado. Que me costaba reponerme. Que las chicas con las que me crucé me parecen tan tontas como humanamente ineptas.
Pasé dos horas en casa de la vieja, tratando de contar todo lo que sentía. Creo que no sirvió de mucho porque sólo en contadas oportunidades llegamos a pensar siquiera parecido en cualquier tema.
Pero no crean que no sirvió de nada. A mamá se le ocurrió que, tal vez debiera ver a un psicoanalista.
- ¿Conocés a alguien?
- A la única que conozco es a la mía. ¿Querés que le pregunte?
Y así es como aparece en mi vida la Doctora Castro. Una mujer mayor, que bien podría ser mi abuela, vestida de oscuro y ropa muy formal, una típica “señora profesional” para que no queden dudas ya al verla sobre su mettier.
- Lo escucho - me dijo.
Y ahí se me vino todo encima. Me hizo acordar mi primer fiesta en el colegio primario: yo, arriba del escenario jugaba con la loca alternativa de ¿qué pasa si me olvido totalmente del parlamento que debo decir?
Qué fácil ser psicoanalista, pensé. Uno debe sentar enfrente al gil que viene y tirarle en cara que hable.
Así que, sin mediar otra solución alternativa, tuve que hablar. Le conté mi relación con Carolina, todos los proyectos que había ideado (matrimonio o algo así incluido), y la extraña forma en que desapareció dejándome con una angustia que no se detiene.
- ¿Usted piensa que Carolina va a volver con usted? -dijo la Castro.
(¡Qué pregunta!, me sorprendió.)
- Sí, claro. Yo más bien ambiciono que vuelva. Quiero que vuelva. Pero ahora dudo que suceda. Ayer la llamé al celular y me dijo que estoy loco. Que no va a volver, que no quiere hablar conmigo, que la deje en paz. Fue humillante, rotundo y descorazonador.
- Si duda, ¿por qué está aquí?
- Porque se me hace difícil empezar de nuevo. Buscar una mujer con la que tenga onda, dedicarme a que me elija también ella y empezar una nueva relación. Es todo un tema.
- Entonces: vamos a tener que trabajar mucho.
- Sobre todo usted.
- No pretenderá que salga a elegirle chica.
- No, pero ahora que lo pienso... ¡sería una excelente idea!
Pasa que soy suficientemente tímido, no tengo onda de “levantador” que se la pasa fichando y almacenando mujeres. Una de las cosas que más me pregunto es cómo hacer para empezar todo desde cero.
Esa fue una apretada síntesis de mi primer día con la Dra. Castro.
A las ocho de la noche intenté volver a mi casa. Suena el celular. Rodrigo, mi viejo amigo, me invita a irnos para Mar del Plata en Semana Santa, con su novia y la prima.
- Hmmm... ¿qué me estás armando?
- Nada, boludo... si va, va. Y si no va, te vas a divertir igual: cambiás de aire, no te quedás aquí dándole vuelta al cerebro con esa cabrona que te plantó.
- La idea no está mal. Así que allá voy.