20.3.05

DESPERTARES

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Cuando cumplí 18 años conseguí un trabajo de cadete. Algo considerado un pago de derecho de piso para que después cuando te presentás en tu próximo trabajo podés llenar en la solicitud el item "antecedentes". Por supuesto que entonces no ponés "cadete" sino algo así como "asistente administrativo" o "auxiliar de área".
Aquellos que alguna vez fueron cadetes saben de qué hablo. Aparte de que uno es el último orejón del tarro, forro y todoterreno ("general purpose"), como lo vivís o sufrís depende siempre de quién, cómo y qué es tu jefe. Puede que te toque en suerte un pedofílico, un obsesivo o un malhumorado crónico. Aquello que te toque, imaginate cómo te va a ir. ¡Cuando nos juntamos con mis amigos, tenemos tantas historias al respecto que da como para hacer un libro!
Claro que hoy sólo voy a contar mis historias.
Fue allá por principios de los noventa cuando ingresé a un complejo comercial que tenía toda la apariencia de ser una empresa "grande". Su dueño, José H., tenía una agencia de autos que salía por una calle, al lado de un supermercado y por otra calle una imprenta. Digamos que fue asociando negocios más por la plata que le dejaba, más que por la relación que tuvieran.
Pero lo que tenía era una gran astucia para asociar los tres negocios con otros de los cuales era también propietario, y no tan visibles (una agencia de turismo, un pub y una empresa de telemarketing). Por lo tanto había armado un staff de profesionales que le manejaban todos los negocios asociados: un gerente general (y de ventas), un gerente de compras, un gerente contable. Les puso unas oficinitas muy cómodas en el local de la agencia de autos, y manejaba a todos con un discrecional uso del mejor mando autocrático.
Lo de él era muy piola: no discutía con nadie, no contaba la plata, no vendía ni compraba: sólo daba órdenes, consejos y reproches. Todo el día. Era el primero en llegar y el último en irse.
Cuando me presenté por el aviso creo que lo fascinó el hecho de que no tenía experiencia, que conocía el barrio al pelo y que fuera Perito Mercantil, algo que el consideraba la clave para la actividad comercial.
El primer día me quedó claro que yo tenía tres jefes, que eran los tres gerentes. Pero que obedecería a ellos siempre y cuando no estuviera haciendo algo para "Don José".
Mi primera misión parecía sencilla. Yo debía realizar todas las mañanas un frío inventario de todos los parquímetros de la cuadra. Tener en claro cuál era el que tenía tiempo sobrante no utilizado por el auto que se había marchado ¡y correr a colocar allí el auto de José H! Por lo tanto yo debía tener un cuidado especial desde las 9 de la mañana hasta las 7 de la tarde para que su auto estuviera estacionado en un lugar que le resultara gratis. Tiempo después me enteraría que con su gerente contable habían hecho un estudio por el cual se demostraba que entre estas y otras acciones a las que estaba obligado, mi contratación le resultaba pagada por los ahorros que hacía en pagar estacionamiento.
Claro que esto no era lo más llamativo de mi paso por el lugar.
Allí me hice muy amigo de Rodrigo, uno de los vendedores del salón, exitoso y siempre de impecable traje y corbata, que se jactaba de haberle vendido autos a Ricardo Darín, a Maradona y a de la Rúa. Tenía sobre su escritorio una foto en la que estaba abrazado a Moria Casán, y aseguraba que le había vendido un auto que "regaló a alguien"...
Me gustaba almorzar con él porque le encantaba contarme las mil y una trampas que son necesarias para la venta de un auto: qué hay que ocultar y qué resaltar, porque la gente al fin y al cabo se muestra muy insegura a la hora de tener que largar veinte o treinta mil dólares de un saque.
Yo iba así entendiendo cada vez más qué cosa era lo que era el mundo real, tan lejos del que había dejado atrás en la escuela secundaria, llenas de boludeces cómo saber trazar en un mapa las sinuosidades de algún río chino (señalado siempre "desde su nacimiento hacia su desembocadura") o sufrir para alcanzar el promedio salvador que te haga olvidar para siempre la materia, el profesor y la obligación de aprobar.
Pero en cambio era algo desolador que el mundo de la realidad distara tanto de la moralina que me habían inyectado por vía familiar, tan llena de cosas inexplicables o inaplicables.
Un día Enrique, el Gerente de Compras, se apareció con un auto nuevo importado reluciente, imponente, deslumbrante.
- Lo felicito, señor Giménez, su auto es una joya.
- ¿Te gusta?
- Es espectacular.
- Tomá las llaves: dale una mirada por dentro.
- Debe ser caro.
- No creas. Este es el más barato de la serie. No tiene todo el equipamiento, y le faltan una serie de chiches que en Europa no son opcionales, esta es una versión que hacen para Latinoamérica porque sino aquí no se podría comprar. Me costó sólo cien mil dólares.
Recuerdo que mi sueldo era de unos trescientos dólares (por entonces regía el uno a uno que hundió al país, a valores de hoy, más real, serían cien dólares). Imagínense: este señor se había comprado un auto que equivalía a mil sueldos míos, o sea mi trabajo en poco más de 83 años.
Cuando al mediodía me encuentro con Rodrigo le conté que me llamaba la atención que Enrique tuviera semejante auto, cuando ninguno de los otros dos gerentes tuviera más que autos nacionales comunes y silvestres. Ni tampoco José H., que por ser el dueño ostentaba el pedorro y viejo Peugeot que debía reestacionar tantas veces por día, buscando el soñado ahorro que le permitiera pagar el magro sueldo del cadete, o sea yo.
Rodrigo se río un buen rato.
- ¿Vos sabés qué hace un gerente de compras?
- Lo contrario del de Ventas, compra cosas. Yo mismo lo ayudo en algunos procesos: se encarga de comprar desde las lapiceras que escribimos hasta las reses de vaca del supermercado o las nuevas impresoras de la imprenta.
- Claro, y vos creés que la forma de forma como lo hace él es como la tuya cuando comprás chicles en el quiosco: "deme de esos" y le das una moneda.
- No: ya se que es una compra más complicada, especulando el pago y todo eso.
- Bueno: ahí está la clave. Hay proveedores que de lograr que le compres a veces depende que no quiebren, que no pierdan una licencia de venta o que ganen una comisión. Entonces se dirigen al gil que les va a comprar y le ofrecen un buen toco a cambio de que les otorgue la transacción. Ergo: cualquier tipo de compras, además de su sueldito cobra "extras". Para que entiendas: Enrique, más allá de los dos mil o tres mil que les paga el amarrete de don José, se debe llevar unos adicionales que pueden multiplicarse por cifras que te sonarían irreales...
- Mire usted...
Esto me abrió una interesante ventana para entender la realidad que subyace debajo del señalamiento perfecto de las sinuosidades de los ríos chinos. Y que me habría de servir para entender un futuro que luego estaría lleno de cosas inentendibles como los cacerolazos, las denuncias de corrupción o la certeza de que hay gente que paga por estacionar, y ni se imaginan que hay tipos que no pagaron nunca.