5.2.05

MIS VECINOS, PARTE I

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En los humanos han sido detectadas reiteradamente distintos tipos de neurosis, muchas de las cuales son, han sido y serán razón profusa de cientos de historias reales y ficticias. En el fondo, es un problema cada vez más complejo de una vida moderna por sí aún más compleja.
La vida entre los terrestres es algo incómoda cuanto no decididamente molesta por la interacción de agentes supuestamente naturales que inciden en cuestiones accesorias que van de los enfrentamientos verbales a la golpiza o el crimen, de la frustración al olvido, de las palabras hirientes al llanto perdido. Y denomino “agentes” a esas cuestiones que hasta están definidas teológicamente como: pasión, celos, odio, envidia, competencia, deseo, represión, fobias, pánico, traición, acusaciones, culpa, castigos y otras lindezas.
Cuando nos programan, a los robots no nos incluyen –sencillamente- ninguna de estas características que parecen ser solamente humanas. Así al no sentir pasión, no nos vemos obligado a desgallitarnos detrás de ninguna situación utópica. La carencia absoluta de celos nos ahorra desesperaciones, no coleccionamos favoritismos. No tememos ni odiamos, nos limitamos a desarrollar los objetivos para los que hemos sido traídos a la tierra, a saber: 1) cumplir buen servicio, 2) autodetección de nuestras propias disfuncionalidades y 3) proceder a autorrepararnos si lo necesitáramos.
Como se ve, bien lejos está uno de las neurosis.
Y por eso he procedido a redactar este libelo, para que pueda apreciarse cómo se ve desde nuestra óptica al humano presa de sus debilidades más absolutas, sus mendicidades más estrechas y con un horizonte tan limitado como el del día en que cualquiera nació y esperaba rápido al pañal que “lo contuviera”.
Y aunque sea poco humano, vivo en un barrio de Buenos Aires, como cualquiera de ustedes. Para los que no conocen, se trata de una lejana ciudad al sur del planeta, como quien va para el Polo Sur. Y, aunque parezca que sí, no vivo nada solo, porque tengo livianas paredes, ventanas, pasillos y portero eléctrico, teléfono con mensajería, celular, radio, televisión e internet con email, messenger, chateo y foros. Con todo esto intento creer que me comunico mejor con la gente, pero siempre termino solamente comunicado con sus neurosis.
Siempre me resultaron muy curiosas las cosas que producen los humanos. Pero estoy cansado de contárselas a cualquiera: pocos se asombran y algunos hasta se ofenden, creyendo que yo les cuento la historia a terceros para burlarme de sus propias personalidades, como evocación o ejemplo. Así que decidí mostrarles a todos mis vecinos y familiares, y dejar que, así archivados, permanezcan en esta lápida que es la internet, a la búsqueda de que un día, cuando sean historia, la posteridad nos juzgue.
Veamos, de a uno, a mis vecinos:
TOMMY: es un soltero de más de 20, que periódicamente se le da por hacer ruidosas fiestitas en su hogar. Durante febrero está celebrando el carnaval, y cuando sus invitados se marean salen a vomitar, por las ventanas, al patio interno. Desde que descubrió el MP3 deja todo el día prendido su equipo con música tropical. El año pasado se casó, y también hizo una ruidosa fiesta con mucha gente muy borracha. Pero parece que al poco tiempo se terminó separando, con lo cual volvimos a reemplazar suspiros y gritos preorgasmáticos con fiestitas. Los vecinos estamos esperanzados con que pueda volver a casarse.
LALY: es la esposa del encargado del edificio. Se nota a simple vista que es una señora muy variable y temperamental, que puede transformarse, frente a uno, en locuaz y amable o en hosca y antipática, pareciera ser que según alguno de sus ciclos hormonales. Su diagnóstico se me escapa, la psicología es una ciencia que desconozco bastante. Lo particular de Laly es esa variabilidad que le permite ayudarte hasta el infinito en huevadas, y cuando llega el momento que la necesitás te descerraja un “va a tener que esperar que vuelva mi marido”, porque ella “es sólo su esposa”. Y el marido es un tipo tan pero tan pero tan gran tipo que a uno le da cosa que el pobre luego la tenga que ligar por bancarse una mujer así.
MINI: es la nena menor del encargado, que nació hace un mes. Llora todo el día, y dado que su ventana está muy cerca de la mía no puedo menos que escucharla siempre. Sospecho con bastante fundamento que nunca durmió, o peor: que llora aun durmiendo o tomando la teta.
MORO: es el nene mayor del encargado. Le encanta andar en bicicleta por la terraza, que está encima del techo de mi departamento. Su perro lo corre, siempre ladrando. Así que, imagínense la escena: mientras la nena menor llora, el perro corre y ladra tras Moro, que anda en su bicicleta a los gritos. Ah, pero claro que esto no es siempre así: durante el verano cambia la bici por la pelopincho (una especie de piscina de tela) que instalan en la terraza, sobre mi living, y a la cual invita a primos, amigos y otros vecinos.
TITAN: es el perro de mis vecinos de mi departamento de al lado. ¡Un labrador! Es grande, ruidoso y torpe (dicen que porque es cachorro, un bebé de menos de un año). El otro día compartí con ellos un viaje en ascensor, y le pregunté a su dueña si estaba segura de que no mordía. ¡Pero no! contestó asombrada, y deslizando una teoría acerca de las bondades de una raza supuestamente cuidabebés, ciegos y –según ella- quién sabe cuántas ventajas animales más. Sólo quienes viajen seguido con perros pueden imaginarse el olor que quedó dentro de aquel antes limpísimo vehículo vertical.
ALCIRA: es la dueña de un departamento en el piso de abajo. Vive a la defensiva, preparándose para enfrentar a los delincuentes para cuando decidan presentarse en su hogar, en su auto o en el colegio de sus nietos para secuestrarlos. Está orgullosa porque ninguna de las seis ventanas de su casa carece de rejas, trabas y llaves y, por las dudas contrató un seguro contra robo.
MARTÍNEZ es el dueño del kiosco de abajo. Parecía un tipo más, hasta que un día comenzamos a charlar y me enteré de que su afición es la de coleccionar souvenirs de ídolos. Tiene, por ejemplo, un slip de Bochini, un pañuelo de Ricardo Darín, un disco de pasta grabado por Lalo Schifrin que perteneció al Presidente Frondizi... ¡Me lo contaba con tanto orgullo! Pero aquella no sería la sorpresa mayor con que me encontraría al conocer a Martínez: me confió que había aprovechado su apellido para hacer juegos de palabras con los nombres de sus hijos y su apellido, cuando nacieron. Se llaman Martín y Marta. Al tiempo, parece que fue confiando más en mí, y luego de juramentarme con su secreto me descerrajó la verdad de su vida: su hija extramatrimonial. ¿Saben qué hizo? Le puso de nombre Martina.
(este capítulo continuará, con más vecinos)

1 Comments:

At 11:22 p. m., Anonymous Anónimo said...

Vitali sos un tarado.

 

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