22.2.05

ALGO RICO

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(Watch too http://alevitali@blogspot.com)
Adrede, la sesión anterior dejé pendiente un tema que voy a tratar hoy, a pesar de lo resbaloso: ¿vos sabés por qué consumimos tantas materias grasas?
El nuestro es un medio en el que se fuma bastante. El uso del cigarrillo tiene varios costados complejos, bastante nocivos pero a la vez muy atractivos. Uno es la combinación del humo aromático con la adicción del que fuma, radicada en el reiterado equilibrio que necesita recuperar apelando al encendido de un nuevo cigarrillo. Otro es el marketing espectacular que monta cada marca, unido a la propensión al consumo que delata quien lo compra y consume. Y todo esto sucede a pesar de que se sepa a conciencia que es irremediablemente nocivo. En síntesis: el que fuma, sabe lo que hace.
Con la ingesta permanente y reiterada de comidas nocivas pasa igual. A su favor, los alimentos parecen tener todavía la disculpa general de que alimentan.
No se si lo sabés, pero está total y absolutamente probado que la ingesta de grasas es nociva. No de la manera que puede serlo el veneno, ya que no mata de inmediato. En imágenes muy sencillas de interpretar, se nos ha mostrado por todos los medios cómo las grasas, con el tiempo, van taponando las arterias de nuestro cuerpo. Tal cual también lo hace con la cañería de la cocina, igual hace con estas arterias que necesitamos para que circule la sangre. Y, un día, amanecemos con disfunciones cardiovasculares.
-Pero si yo como todo muy sano.
Si a muchos de los que rezan esto le preguntamos cómo se compone su dieta de platos “tan sanos”, es seguro que incluye por lo menos diez con carne de vaca, otros diez con grasa adicionada, diez más fritos. Y otros diez que es casi imposible de decodificar qué es lo que contienen.
Las famosas y aparentemente inocente “galletitas de agua” con la que se alimentaron varias generaciones de enfermos contienen tradicionalmente un 15% de grasa de vaca, procesada especialmente para el amasado. ¡Y eso es lo que le otorga el gusto riquísimo que tienen! Quiere decir que, casi sin percibirlo, uno consume 150 gramos de grasa animal por cada kilogramo que consumió desde chico, y que sin querer ha mandado a depositar en sus arterias.
Sobre esto -obviamente- hay mucho por hablar, reflexionar, cambiar puntos de vista. De análisis como el nuestro han arrancado muchos fundamentalismos. Pero no somos ni dietistas ni adventistas.
Lo que podemos contar es que hay bastante grasa preparada para seguir acumulándose en nuestras paredes arteriales, dentro de los fideos, las masas para tartas, empanadas, tortas fritas, galletitas dulces, golosinas, chocolates, alfajores... Te invitamos a hacer un ejercicio muy sencillo: leé las composiciones de todos los alimentos que llegan a tus manos. Las que usan grasas, ninguna oculta su contenido real.
Pero esto no es una monserga antiindustrialista. Porque como ya te conté en la edición anterior, mamá, la abuela, tu mujer, tu cocinera o el cocinero del restaurant de la esquina ¡también utilizan abundantes materias grasas para cocinar! Y cuando no las usan, apelan a mantecas, margarinas, óleo margarinas, crema de leche, queso-crema, etc.
Oscar Wilde se lamentaba de que todo lo que era rico le engordaba. La obesidad es un muy actual problema acuciante en el primer mundo, donde el tema ya está ocupando cierto costado político, dado que la población que la pasa mejor, come más y más rico, engorda más y esto acarrea problemas de salud espantosos.
Así como los que fuman no pueden decir que no saben de lo nocivo (hay carteles que lo advierten en las etiquetas, y en toda la cadena del marketing) ¿saben todos los que comen qué comen y por qué les ha de afectar en el futuro?
Un tema interesante, y tan difícil que es casi muy nulo en sí mismo. Como cualquiera de las utopías que se empecine en terminar con lo maligno.